¿Cómo sé que estoy leyendo bien las notas si estudio solo?
Di el nombre de la nota en voz alta antes de tocarla, compruébalo con una referencia de fiar, y después apártala y vuelve a leer el mismo compás desde la página limpia. Leer en silencio tiene trampa. En la música que ya te sabes a medias, la mano encuentra la tecla buena aunque el nombre se te haya borrado, no suena nada raro, y esa nota se cuela entre las que crees saber sin haberla sabido. El método es corto a propósito: tiene que caber en los veinte minutos de un martes con los niños ya acostados. Cuando estudias solo, la comprobación te la montas tú.
El dedo antes que el nombre
Coge el primer movimiento de la Sonata en do mayor K. 545 de Mozart, la llamada sonata fácil. La izquierda arranca repitiendo la misma figura desplegada compás tras compás, do sol mi sol, escrita todavía en clave de sol: esas cuatro notas salen del do central hacia arriba. La clave de fa llega unos compases después, cuando la izquierda baja de verdad. Los dedos aprenden esa figura en una tarde. El ojo puede pasarse años tocándola sin nombrar ni una vez sus cuatro notas.
Y si a ese mi le llamas fa, no pasa nada. La mano da la tecla buena igual, la armonía no se cae y nadie te corrige. Un nombre equivocado no suena a equivocado, y ese es el problema: cada vuelta lo asienta un poco más, hasta que forma parte de lo que crees leer. Estudiar en silencio puede enseñarte un error con la misma paciencia con la que enseña un acierto.
Decirlo en voz alta, antes de que el dedo llegue, separa dos cosas que se confunden: saber la nota y encontrarla. La boca no hace trampa. O sale mi, o salen dos segundos de silencio, y ese silencio es la respuesta. Esa figura de la izquierda es la clase de compás que las manos resuelven solas, y ahí hay algo real que cazar.
Hazlo despacio y solo donde dudas. Casi siempre es la mano izquierda, y las notas colgadas de líneas adicionales. Antes de nombrar, un vistazo a la armadura, que decide cuáles llevan sostenido o bemol.
La sesión de hoy contra la de mañana
El método tiene una condición: no escribas nada permanente en la partitura. Si dejas los nombres a lápiz debajo de las notas, mañana esa página ya no te pregunta nada, porque la respuesta está impresa al lado de la pregunta. La página limpia es la que te examina.
De ahí salen tres pasos. Nombras el compás con la ayuda que tengas. Retiras la ayuda entera, no a medias. Vuelves a nombrar el mismo compás desde la página limpia. Las dos primeras vueltas comprueban la ayuda. La tercera te comprueba a ti, y es la única que cuenta.
Y luego está lo que casi todos nos saltamos. Cinco minutos después de comprobar una nota todo parece aprendido, y esa sensación miente. El examen honesto es el mismo compás mañana, desde la página limpia. Si se ha vuelto a escapar, le tocaba otra vuelta, y de eso trata por qué se olvidan las notas que ya sabías.
Tu memoria contra una respuesta de fiar
Nada de esto sirve si la respuesta con la que comparas no es buena. Una la llevas siempre encima, y es la más lenta: partes de una nota que reconoces sin pensarla y subes o bajas por grados, que es además lo que hace que los nombres se queden.
Si vas a clase una vez por semana, la respuesta más barata cabe en una esquina del cuaderno: apunta las notas que te hicieron dudar, con el compás al lado. Dos minutos de la clase siguiente las resuelven todas, y de paso tu profesor ve por dónde se te escapa la lectura, que es lo que tú solo no puedes ver.
Y está mirarlo en el momento, sobre tu propia página. Notalune fotografía la partitura impresa y escribe los nombres sobre las notas, el semáforo dice de cuáles puede fiarse y de cuáles menos, y cuando no está segura de una la deja en blanco en lugar de inventarla. Aquí eso es el punto: un hueco es una pregunta, y un nombre inventado es una nota mal aprendida. Un toque en el ojo los esconde todos y la página vuelve a estar limpia.
Mañana, antes de abrir la pieza, date un minuto sin tocar. Coge la lista de ayer, cuatro o cinco notas con su compás. Ve al primero, mira la nota y di el nombre en voz alta antes de mover el dedo. Las que salgan solas, táchalas. Las que no salgan en dos segundos, no las adivines: cuéntalas desde una nota que sepas seguro, dilas en voz alta y vuelve a apuntarlas para mañana. Cuando se acabe el minuto, abre la pieza.
Escrito por quien hizo Notalune, la app de iOS para que un nombre olvidado no te pare en mitad de la sesión: fotografías tus propias partituras y los nombres aparecen sobre las notas. Para este autoexamen lo que importa es el orden: nombras tú primero, y solo después miras lo que la app ha escrito sobre la foto de tu propia página. Cuando no lo tiene claro, prefiere dejar la nota en blanco antes que adivinar. Y el día que quieras leer sin ayuda, un toque los esconde todos. Más guías en Aprender · dudas: support@notalune.com.