Notalune

¿Cómo vuelvo a leer partituras de adulto?

Empieza más abajo de lo que te pide el orgullo y vuelve a unir los nombres con el pentagrama tocando música que de verdad te apetezca. Yo hice justo lo otro. Dejé el piano a los doce y volví muchos años después, sentado al lado de mis dos hijos, que empezaban entonces. Lo primero que imprimí fue la pieza que en mi cabeza seguía siendo mía, el Preludio op. 28 nº 15 de Chopin, el de la gota de agua: re bemol mayor, cinco bemoles, una nota repetida que insiste debajo de todo y una sección central más oscura y más densa que no hubo manera de desarmar. El primer compás me llevó medio minuto. El segundo, otro medio. A los diez minutos cerré la tapa. El error estaba en la página que elegí, no en las manos. Lo que construí de niño seguía debajo, y en aquella página no había forma de verlo.

«Esto lo tocaba yo»

Esa frase es lo que sale más caro al volver. Uno elige la partitura a la altura del recuerdo, no a la de hoy, y con el recuerdo viene la impaciencia. Los dedos a veces llegan, porque la técnica se conserva mejor de lo que se admite. La lectura no, porque leer esa página pide nombrar deprisa notas que llevas quince años sin nombrar.

La razón para bajar es mecánica. La lectura se rehace en páginas que puedes mantener en marcha: el nombre solo se pega a la nota cuando llega a tiempo de servir para algo, y en una página que te queda grande llega siempre tarde. Lo que practicas entonces es la parada.

Lo que debí imprimir aquella noche fue la Melodía que abre el Álbum de la juventud de Schumann, la op. 68 nº 1. Do mayor, la armadura vacía, y una mano derecha que va casi siempre en negras y sin correr, de modo que da tiempo a mirar la nota antes de tocarla. Tampoco hay dónde esconderse: si un nombre no aparece, no hay figuración que lo tape. También sirven las partituras viejas del cajón: el oído ya sabe hacia dónde va la frase y arrastra la lectura detrás.

«No me sale ni el primer compás»

Eso pensé aquella noche, y era cierto solo aquella noche. La página me seguía pareciendo música y no un muro de símbolos: lo que sube en el papel sigue subiendo hacia la derecha del teclado, y una negra con puntillo tiene forma antes de que la cuentes.

Las manos, además, se acuerdan de cosas que el ojo ha olvidado. Encuentran los grupos de dos y de tres teclas negras sin mirar y colocan la mano en el sitio antes de que yo decida nada. Eso no se aprende dos veces.

Lo que se apaga es la velocidad del nombre. Acaba llegando, pero tarde, y sobre todo el de las notas que aparecen poco: casi todo lo que vive en la clave de fa, lo que se sale del pentagrama y cuelga de líneas adicionales, y lo que la armadura renombra desde el principio de la línea, que a mitad del compás ya dudas de si ese si iba bemol. Se apagan porque los nombres viven de encuentros y llevaban años sin ninguno. Los míos se habían construido una vez, y al verlos se notaba.

«Otra vez, pero más abajo»

La trampa del que vuelve es sentarse a leer y estar repasando. Los dedos arrancan solos por las páginas que tocaste mil veces, la sesión suena bien y al levantarte no has leído un compás: has recordado. Lo distingo con una pregunta: si me paro en mitad de un compás y me pregunto qué nota es esa, leyendo la respuesta llega, y recordando tarda lo mismo que el primer día.

Contra eso me sirvió decir el nombre en voz alta antes de tocarlo, apretando la tecla mientras lo digo. Ese cable suelto entre el signo, el nombre y el sonido es el que hay que volver a soldar, y en voz alta se ve en el acto cuál de los tres falta. Suena ridículo hasta que un día deja de sonar ridículo.

Y cuando el nombre no llega, comprobarlo en vez de adivinarlo: un nombre inventado dos noches seguidas se queda dentro. Estudiando solo eso cuesta más de lo que parece, y el método de ir retirando la ayuda hasta leer la página sin nada está en cómo comprobar las notas cuando estudias solo.

Si quieres el sistema entero otra vez, la ruta de aprender a leer partituras vale igual para quien vuelve. Reconocerás media ruta mientras la lees.

No eres un principiante que perdió veinte años. Eres un lector con el carné de la biblioteca caducado. Renovarlo también lleva su tiempo, pero no hay que volver a aprender a leer.


Escrito por quien hizo Notalune, la app de iOS para que un nombre olvidado no te pare en mitad de la sesión: fotografías tus propias partituras y los nombres aparecen sobre las notas. Se hizo justo para esta vuelta, la del cajón y la partitura que en tu cabeza sigue siendo tuya. Cuando no lo tiene claro, prefiere dejar la nota en blanco antes que adivinar. Y el día que quieras leer sin ayuda, un toque los esconde todos. Más guías en Aprender · dudas: support@notalune.com.