¿Cómo se aprende a leer partituras?
Por capas, empezando por unas pocas notas que dejas de contar. Nadie aprende un barrio calle por calle. Aprende cuatro esquinas, y desde ellas se mide todo lo demás: dos portales más allá de la farmacia, la bocacalle de enfrente del quiosco. El día que dejas de recitar el camino te pueden mandar a cualquier calle del barrio. Contar desde abajo es aritmética, y se oye.
Las tres esquinas fijas
Tres posiciones sostienen el sistema entero: notas que reconoces sin pararte a contarlas. El sol de la segunda línea del pentagrama de arriba, la que queda dentro de la espiral de la clave de sol. La clave está dibujada así para señalar esa línea y ninguna otra. El fa de la cuarta línea del de abajo, la que abrazan los dos puntos de la clave de fa. Y el do central, la esquina que comparten los dos pentagramas. La página de las líneas adicionales cuenta qué hace esa nota ahí en medio.
El de abajo tarda bastante más en asentarse, y merece la pena entender por qué cuesta tanto leer la clave de fa. Las tres se cruzan muchas veces, en música que ya estás tocando, hasta que un día están ahí antes de que las busques. Así es como se consigue que un nombre se quede.
Las vecinas de cada esquina
Desde cada esquina el pentagrama se ordena solo. De una línea al espacio de al lado hay un grado, el nombre siguiente de la serie: el espacio de encima del sol es la, el de debajo es fa, y así hacia fuera. Son cuatro o cinco vecinas por esquina, y entre las tres cubren casi todo lo que aparece en una página. Fuera del pentagrama la cuenta sigue igual.
La capa siguiente cambia de verdad la lectura, y funciona como el atajo del barrio: cruzas el patio en diagonal sin nombrar ni una calle. En la página es lo mismo. La nota siguiente está un grado más arriba, o tres, o vuelve donde estaba, y esa distancia se ve antes de que te dé tiempo a pensar cómo se llama.
Diez minutos al día
Elige música de verdad, de la que tienes encima del piano. El Preludio nº 1 en do mayor de Bach, el que abre el primer libro del Clave bien temperado, viene perfecto para esto. La armadura está vacía, así que ninguna alteración te espera escondida. Casi toda la pieza es la misma figura de acorde desplegado, repetida dos veces por compás, y lo único que cambia debajo es la armonía. La mano derecha arranca esa figura en un sol. Y como los dedos apenas tienen que resolver nada, los diez minutos se van en leer.
Diez minutos casi todos los días asientan más que dos horas el domingo. Los nombres se fijan a base de verlos muchas veces y espaciados, y una tarde larga solo te los amontona.
Dos costumbres hacen que ese rato cunda mucho más. Decir los nombres en voz alta y tocarlos justo después, para que el nombre, la posición y el sonido lleguen juntos. Y comprobar lo que crees que sabes, con la ayuda que necesites y luego sin ella. Otra página explica cómo comprobar las notas cuando estudias solo. El ritmo y el fraseo pueden esperar unas semanas: querer aprenderlo todo a la vez es lo que hace que una página parezca imposible. Con la armadura vacía de este preludio no hay nada que decidir todavía, aunque más adelante conviene saber qué cambia la armadura cuando aparece.
El segundo mes
Vuelve a ese preludio cuatro o cinco semanas después. La figura de la derecha sale sin que ningún nombre te pase por la cabeza, y lo notas después, nunca mientras ocurre. Lo que ha cambiado está en la página: donde había doscientas notas sueltas hay ahora una figura repetida y una armonía que se mueve por debajo. Las doscientas siguen impresas. Ya nadie las lee de una en una.
Lo que sigue parándote suele ser la mano izquierda. Si buscas un plazo, lo poco que se puede decir con datos está en cuánto se tarda en leer partituras. Y antes que eso hay una pregunta que casi nadie hace en voz alta, la de si se puede tocar el piano sin leer partituras.
Mañana, con esa misma página delante: los dos primeros compases y nada más. Nombra en voz alta las cinco notas del primer compás, que suben de la más grave a la más aguda y después se repiten, y tócalo despacio. Luego el segundo, que hace el mismo movimiento sobre otra armonía. El pedal, la velocidad y el resto de la página se quedan donde están.
Escrito por quien hizo Notalune, la app de iOS para que un nombre olvidado no te pare en mitad de la sesión: fotografías tus propias partituras y los nombres aparecen sobre las notas. Notalune está hecha para ese tramo: apuntas al compás donde te has parado y en unos segundos sabes qué nota es, sin levantarte del taburete. Cuando no lo tiene claro, prefiere dejar la nota en blanco antes que adivinar. Y el día que quieras leer sin ayuda, un toque los esconde todos. Más guías en Aprender · dudas: support@notalune.com.